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Por Jesíºs R. Cedillo Publicado Febrero 8, 2010
Las desgracias no llegan jamás solas. Puede ser azar, pero lo más seguro es el destino. Justo cuando la ventisca invernal se había llevado consigo a don Antonio Usabiaga Guevara, presbítero, fundador del Instituto Seglar de Estudios Religiosos Fray de Juan Larios, en Saltillo, Coahuila y ex catedrático de economía del Itesm, en Monterrey, Nuevo León, y Fernando Casas, reconocido empresario del ramo de la gastronomía, amigos de quien esto escribe; el día íºltimo de enero, el mes dio un coletazo mortal: se llevó a uno de los mayores estetas latinoamericanos y aíºn, de presencia mundial, arrebató la vida al escritor argentino Tomás Eloy Martínez. El domingo 31 de enero amaneció la ciudad y su cielo, con un tono oscuro como pocas veces se ve en esta época. Inusualmente negro, cielo ominoso, el cual presagiaba ser el inicio de un día largo y funesto. Desgraciadamente así lo fue. Despuntó el día con su habitual morosidad y letargo y las noticias aciagas no se hicieron del rogar. Mientras este escritor leía los diarios del día apoltronado en su sillón favorito y un café fuerte, amargo, que raspaba en el gaznate, vía mensaje de celular, un amigo lagunero me adelantaba las malas nuevas: hombres envilecidos, sin entrañas ni rasgo humano alguno, habrían masacrado al menos a 12 personas en diferentes bares en la zona conurbada de La Laguna: Torreón, Gómez Palacio y Lerdo. La guerra entre bandas del crimen organizado a nadie perdona, al parecer y ahora, tampoco a civiles. Avanzó el día y a una desgracia se le anudó otra cuenta en el largo rosario de impunidad y sangre. Desde Ciudad Juárez, la ciudad más insegura para vivir en el mundo, otro amigo periodista me reportaba un infierno dantesco: un comando abría irrumpido en un festejo juvenil, masacrando a los invitados, 16 en total; la edad de las víctimas oscilaba entre los 13 y 19 años. Ya no hay palabras para describir tanto y tanto horror. El domingo, me dije, sería largo, lerdo y tendría acaso un infeliz corolario. La desgracia llegó vía celular en el lánguido crepíºsculo norteño, ya frío, ya con lluvia inusual en esta época invernal. Un mensaje lacónico apareció en mi gadget: “Murió don Tomás Eloy Martínezâ€. Quien lo enviaba era mi amigo, el director de Bibliotecas de Coahuila, Armando Sánchez. Me quedé mudo. Apenas segundos después, desde la ciudad de México, el fino narrador Armando Oviedo Romero, por la misma vía, dejaba el siguiente texto en pantalla: “Tristeza para el pensamiento y las letrasâ€. La duda se disipó. El autor de “Santa Evitaâ€, efectivamente había muerto. El maestro Víctor S. Peña, quien cursa una maestría en la EGAP Monterrey (Escuela de Graduados en Administración Píºblica), mandó un mensaje cifrado: “Muere Tomás Eloy. La reina ya no vuelaâ€. El periodista más ácido y letal de Coahuila, Luis Carlos Plata, ahora desde la redacción de un diario en Veracruz, me dijo: “Lamentable muerte maestro. Un abrazoâ€. El domingo entonces, se precipitó con todo su furor, pesadez y tragedia sobre este columnista. El domingo cumplió su presagio anunciado al despunte de la madrugada: los infortunios, como los jinetes del Apocalipsis, no cabalgarían ni llegarían solos. Mis amigos lo saben: mi autor preferido es don Tomás Eloy Martínez. Narrador y periodista por igual, quien gozaba de una pluma celebrada en todo el mundo. De entre sus míºltiples reconocimientos destacan dos: el Premio Alfaguara de novela y el Ortega y Gasset de Periodismo. Autor de varias novelas y ensayos fundamentales ya clásicos modernos, destacan “La novela de Perónâ€, “El vuelo de la reina†y el mejor libro a juicio de quien esto escribe, “Lugar comíºn la muerteâ€. í‰ste íºltimo, un deslumbramiento, una obra perfecta. Un emperrado cáncer materializado en un amorfo tumor cerebral, le arrebató la vida y la sonrisa a Tomás Eloy Martínez a los 75 años. Su obra, libro por libro, es invulnerable.
* Jesíºs R. Cedillo es escritor y periodista saltillense. (
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